lunes, 13 de abril de 2015

Por una cultura del consentimiento

Nota escrita por Mariela Acevedo, editora de Revista Clítoris para Periódico VAS, abril 2015. 

"Para hoy se esperan dos mujeres asesinadas, así que no haga enojar a su marido y que tenga un buen día". Así podría finalizar la emisión de un noticiero en un futuro no muy lejano en cualquier punto de la Argentina. Y es que los números son tremendos: el cuadro que elabora el Observatorio de Femicidios de la Argentina de la ONG La Casa delEncuentro registra desde 2008 a 2014, las vidas sesgadas de 1808 mujeres. La cifra que indica que una mujer muere asesinada en manos de un hombre, su pareja, ex pareja, amante o desconocido cada 30 horas, sin embargo, sería inferior a la real ya que se basa sólo en los casos de muerte violenta que llega a los medios de comunicación muchas veces por su espectacularidad.
Si ampliamos el cuadro, la cosa no mejora: Según datos de Oxfam, dados a conocer durante 2014, la violencia física o sexual es la primera causa de muerte de las mujeres en el planeta, por delante del cáncer, la malaria, los accidentes de tránsito y las guerras. 

Imaginemos por un momento que un periodista aparece muerto cada 30 horas, ¿dirían que el gremio exagera si expresara que los están matando a la vista de todos sin que nadie actúe ni se escandalice? No son casos de inseguridad (de hecho más de la mitad de las muertes de mujeres suceden dentro del hogar) ni plasman el aumento de la violencia de la vida en la ciudad. Los femicidios son crímenes que tienen como objetivo no cualquier cuerpo, sino el cuerpo de mujeres cis y trans de todas las edades y de distintas clases sociales. El cuerpo feminizado es visto como usable y desechable. No es casual entonces que en muchos casos esos cuerpos rotos sean descartados en la basura. Se trata de crímenes de odio producto de una cultura de la violación. Son los crímenes diarios, cotidianos, en cuenta gotas del heteropatriarcado capitalista.
Ilustración de Mariana Salina para Clítoris 2

Y llama la atención, o no tanto, la defensa que en redes sociales se hizo de cierta forma de masculinidad como reacción a la agitación indignada de agrupaciones feministas que pusieron en discusión el derecho de los varones a la apropiación no consentida del cuerpo de las mujeres: desde el piropo y el acoso callejero al manoseo en los medios de transporte y el insulto ante la expresión de rechazo. Desde el cuestionamiento al consumo de prostitución a la denuncia del ejercicio de la justicia patriarcal sobre los cuerpos de las más pobres. Desde la crítica a las coberturas de los medios de comunicación que suelen hacer hincapié en la vestimenta y otras características de las víctimas a las violencias cotidianas que soportamos todas las que portamos tetas de parte de quienes portan pitos.
Muchos varones y algunas mujeres –hay que decirlo porque nunca faltan las almas femeninas solidarias- apuntaron contra las feministas señalando que se equivocaban –y voy a usar la expresión que más leí- “al poner a todos los varones en la misma bolsa”. ¿En serio? Sí, así: las que aparecen en un conteiner o en bolsas de consorcio a la vera de un río o de la ruta, desnudas, quebradas, son pibas, mujeres jóvenes, chicas pobres en muchos casos, morochitas que para muchos no valen dos mangos, pero los muchachos exigen que cuando señalamos la cultura de la violación de la que ellos obtienen privilegios, tengamos la deferencia de dejar en claro que no estamos hablando de todos. Bueno, perdón, yo sí estoy hablando de todos. Y si no te ponés loquito y me dejás explicar, te cuento.

¿Por qué hablamos de cultura de la violación?

Te hablo a vos, varón heterosexual que tajaí pensando que no tenés nada que ver con esa cultura violenta que se cobra su libra de carne con el cuerpo de las mujeres. Reflexionemos un momento. Ya sé que no todos los varones son violadores potenciales, si esa va a ser tu objeción, me adelanto: no estoy diciendo eso. Ni todas las mujeres somos víctimas. No se trata de una simplificación maniquea.
La violencia tiene diferentes formas de expresarse. Nos horrorizamos con los crímenes porque de forma brutal nos enfrentan a nuestra vulnerabilidad y a la introyección del miedo que hemos hecho carne. Probablemente, la lectora de estas líneas recuerde cuando fue la primera vez que le tocaron el culo, o la llamaron puta, o le pidieron que se cubra para no provocar. Seguramente, eso fue alrededor de los 9, 10 u 11 años. A esa edad los niños juegan a la pelota y se quedan en cuero al sol y nosotras aprendemos que esos pezones que aún no rellenan un corpiño de talla 85 tienen que ser ocultados de todas las miradas.
En mi adolescencia, a los 13 años, me tomé una foto cuando salía de la escuela. Llevaba el jumper gris y una sonrisa con bráquets. Recuerdo que cuando veía la foto con mis amigas bromeábamos que si desapareciera esa sería la imagen que recorrería los medios. Eran los años ‘90 y el crimen de María Soledad Morales se convirtió en una película que fuimos a ver en grupo a la salida de la escuela. Aprender senderos seguros, vestirse pensando en la mirada del otro, tener miedo de alguien que te gusta, miedo a que piense que sos una puta si decís que sí, miedo a no poder frenarlo cuando una quisiera porque dijiste que sí. Estoy casi segura que ninguna de estas experiencias se acerca a la de un varón adolescente heterosexual y alguna de ellas resonará en las experiencias de las lectoras ¿A qué voy con esto?

Ser vulnerable no es lo mismo que ser víctima, pero esa vulnerabilidad nos pone a la defensiva. Hemos aprendido a hacerlo porque los números de las muertas y las sobrevivientes nos indican que es mejor estar alerta. Y eso es así aunque no lo hagamos conscientemente, lo mamamos de pequeñas junto con la culpa y la vergüenza. Pero mientras que las mujeres nos hemos dedicado los últimos doscientos años a pensar esa condición nuestra de subordinadas para modificarla, los varones en cambio no han tenido la necesidad de cuestionar su lugar de privilegio. La cultura les enseña a sentir que tener pito es mejor que no tenerlo y muchos de ellos viven el avance y las transformaciones en el lugar que han ocupado y hoy ocupan las mujeres como un “exceso” de autonomía, o incluso como un ataque a su virilidad.


Susan Brownmiller sostiene que todos los varones participan de la cultura de la violación. Esto quiere decir que mientras sólo algunos se convierten en violadores, disciplinando al colectivo de mujeres, manteniendo bajo control sus cuerpos a través del miedo, todos los varones se benefician de esa cuota de poder. Esto es así aunque usted, querido lector, no sea un acosador que babea y se toca con orgullo su pito en público, porque los privilegios de pertenecer no se desmantelan con la frase “Yo no soy machista” o “Yo también soy la mujer dentro de la bolsa”.

Las mujeres también participamos de la cultura de la violación, pero ojo, nuestro lugar nunca es comparable al de los varones: a nosotras no nos reporta ninguna cuota de poder. Cuando alguien dice, “Ah, pero también hay mujeres machistas” o su variante “las mujeres son las peores machistas”, deberíamos responder, “bueno, está bien, pero eso ¿a quién beneficia?”. No debemos perder de vista que existe una asimetría de poder social que está estructurada por el género, imbricada con otras coordenadas, la de clase, etnia y edad, sin duda. Si no basta ver las coberturas diferenciales de Melina Romero y Lola Chomnalez para evidenciar que mientras una era una vaga que no estudiaba ni trabajaba la otra era una joven que se tomaba un año sabático para pensar qué hacer. Ambas por igual encontraron la muerte prematura y sus cuerpos fueron marcados con el sello de la violencia machista.

Crear una cultura del consentimiento

La cosa no pinta nada bien. Los datos del Observatorio indican que año a año la tasa de femicidio va en aumento. En 2014 se contabilizaron en promedio 20 femicidios por mes salvo en julio que descendieron a 12. Parece un chiste, pero durante el mes del mundial se registró una baja del 50% en la violencia contra las mujeres, tal vez porque los medios no registraron los casos, que pasaron a ser menos interesantes que el show de goles y banderitas de colores o porque los violentos estaban ocupados en algo más divertido que maltratar a la otra mitad de la población con la que comparte este planeta.


El punto es que no podemos negar el problema. Existe una ley de prevención y erradicación de la violencia contra las mujeres, arrancada al Estado pero sin financiamiento. Sin descartar la necesidad de obtener recursos y de fortalecer las instituciones, mientras seguimos cayendo como moscas, personalmente me parece que la lucha se debe dar por otros frentes, el de las microprácticas: el de las resistencias cotidianas.
¿Y cómo? Bueno, si sos mujer, no dejes de visibilizar al machirulo. Alguna de las formas de hacer esto: No silenciarse ante los chistes sexistas, el acoso callejero, u otras prácticas que nos humillan. Ser solidaria con las mujeres, no llamar puta a una compañera, no juzgar sus acciones desde el prisma sancionador que nos separa en putas y santas. Seguro conocés varias formas más.

Si sos chabón, tu trabajo es un poco más arduo, no se renuncia a los privilegios sin algo de dolor y tal vez creas que vos solo no hacés la diferencia, pero intentalo y vas a notar como se descorre un velo sobre esa cultura violenta que hemos naturalizado. En primer lugar hay que entender que el consentimiento precisa que se articule como Sí, positivamente, con ganas. Esto no corre cuando hay alcohol. Si la compañera deseante está ebria, entumecida o desmayada es preferible que avances cuando se le pase. Un no, no requiere insistencia. No es cuestión de convencer a nadie. Cuando estés entre colegas, si uno de ellos comienza a hablar de lo trola, guarra o lo que sea que se le cruzó en su camino, hacé el experimento de pararle el carro. No te asombres si luego en privado otros varones te dicen que eso que hiciste estuvo bien pero que ellos no se animaron. Eso genera admiración, aunque sea silenciosa y alienta a otros a hacerlo si encuentran que existen otros que piensan parecido. Los escotes, las calzas apretadas, los ombligos al aire de quienes vamos por la vida exhibiéndolos no le están pidiendo permiso a nadie para circular. No son señales de provocación que buscan respuesta del tipo: “Seguro que vos sos de esas que se quejan cuando los hombres les hacemos algo”, como leí de una compañera que lo hizo circular en redes sociales. Eso lo escuchamos a diario, el plural que los ubica como parte de una manada no fue la expresión de una imaginaria “feminazi”, “matatipos” sino de uno de tus congéneres. Si te da bronca quedar involucrado en esa cuenta colectiva enojate con ellos y hacé algo por cambiar esa posición de supremacía masculina que todavía no te cuestionaste.
Ilustración de Gato Fernández para el primer siluetazo realizado en Ciudad de Buenos Aires el 21 de marzo de 2015
tras el crimen de Daiana García
Crear una cultura del consentimiento requiere que modifiquemos nuestras prácticas y formas de pensar. ¿Esto va a evitar el próximo femicidio? Seguro que no, pero por un lado hay que empezar. Cuando me puse en pareja con un flaco hace unos años le dije en broma a una amiga: “Bueno, me arriesgo. Ahora tengo más probabilidades de morir baleada, apuñalada, a golpes o quemada” y nos reímos. Nos reíamos con esa risa que se comparte con quien es igual a una, que sabe, conoce, porque le ha pasado o le puede pasar. Nos reíamos porque sabíamos que era cierta nuestra vulnerabilidad, pero que con ella habíamos aprendido a resistir y a tejer alianzas. Nos queda trabajar porque esa broma algún día no tenga sentido. Cuando eso pase habremos transformado entonces esa relación desigual que hoy, día tras día, nos llena de espanto.

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